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La crisis agraria dispara el abandono de olivares en la provincia de Jaén y cierra las puertas del campo a los jóvenes

Se llama Pedro. Tiene 31 años. Y su historia es idéntica a la de cientos de jóvenes para los que, contradiciendo el aforismo, 'las puertas del campo están cerradas'. El tema en sí, el de la falta de relevo generacional en el agro, no es novedoso. Pero sí lo es uno de los factores que está imposibilitando el 'aterrizaje' de savia nueva, de jienenses que llevan el olivar impreso en su ADN. Los misérrimos precios del aceite de oliva han situado la inmensa mayoría de las explotaciones muy por debajo de la rentabilidad. Con el agravante de que ésta será la segunda campaña consecutiva sin beneficios. Es decir, al obstáculo que implica la compra de suelo agrícola a un coste razonable, a los escollos para obtener financiación, ahora se suma un tercer vector tanto o más definitivo que los dos anteriores. ¿Para qué arriesgar en un negocio que no es viable? Pero si preocupante es el déficit de incorporaciones, no lo es menos que haya productores que, hastiados por una coyuntura que no mejora, deciden tirar la toalla.

Volvamos al ejemplo de Pedro. Que podría ser también el de Luis, Enrique, Matías y tantos otros que han optado por dedicarse a otros menesteres para garantizarse el sustento. «Yo estudie LADE -Licenciatura en Administración y Dirección de Empresas-, pero siempre con la intención de centrarme antes o después en el sector agropecuario, mi gran vocación», comenta Pedro, quien explica que, después de perder su empleo como director de tesorería de un grupo empresarial a causa de la crisis, se lanzó a la aventura de arrendar una finca para dedicarse a la oleicultura. «Lo hice, empecé con ilusión, pero poco a poco fui comprobando que los estudios económicos que realicé en su momento se quedaban cortos porque el producto se devaluaba y no había forma de que se apreciara», indica.

Las cuentas no salen

«Tanto es así -agrega- que al final del ejercicio había una desviación del 30 por ciento entre los ingresos presupuestados y lo que realmente entró en caja». «De ese 30 por ciento pude compensar un 20 por ciento sacrificando mi margen de ganancia y el otro 10 por ciento lo tuve que poner de mi propio bolsillo», aclara. Y añade que, ante la perspectiva de un segundo año con pérdidas, ha optado por otra ocupación acorde con su titulación. «Mis proyectos personales también se han visto afectados -señala apesadumbrado- y he tenido que suspender mi boda».

El caso de Pedro es arquetípico porque representa las dos dificultades: la de entrar y la de mantenerse. Según el jefe de los servicios técnicos de COAG-Jaén, Juan Luis Ávila, el problema del abandono se ha convertido en el pan nuestro de cada día. «La situación no puede ser más preocupante, especialmente para aquéllos que realizaron importantes inversiones en infraestructuras, maquinaria y sistemas de riego, que soportan una importante deuda, y que están en el filo de la navaja porque se metieron en inversiones con la expectativa de vender el kilogramo a 2,20 ó 2,30 y, sin embargo, están liquidando por debajo de 1,80», manifiesta Ávila.

Difícil decisión

«Muchos de ellos son los que han resuelto minimizar los gastos en las plantaciones, omitiendo curas, tareas de acondicionamiento y poda de árboles, y limitándose a recoger la cosecha» dice Ávila, quien afirma que todos los días tienen noticias de agricultores a título principal -los que realmente viven de las olivas- que desisten y que se van a otros trabajos. En este contexto, el futuro de los jornaleros se presenta, también, más que incierto. La demanda de mano de obra ha caído de forma considerable y son muchos los temporeros que llevan meses sin encontrar tajo, con todos los efectos que ello tiene sobre la economía de las familias de las zonas rurales y sobre los peculios de los propios hogares. A juicio de COAG, todas estas circunstancias acrecientan el peligro de despoblamiento en muchos municipios cien por cien dependientes de la actividad primaria.